miércoles, febrero 27, 2019

Washington: de fracaso en fracaso


27-02-2019

El pasado fin de semana fue terrible para la Casa Blanca y sus impresentables capataces del sur del río Bravo, el apropiadamente llamado “Cartel” de Lima dada la estrecha vinculación que algunos de los gobiernos que lo integran mantienen con el narcotráfico, especialmente el colombiano y, antes del advenimiento de López Obrador, el de Peña Nieto en México. El sábado los estrategas estadounidenses decidieron organizar, para el 23 de febrero, un concierto con algunas de las celebridades consagradas por la industria musical maiamera. El evento atrajo a unas 25.000 personas, la décima parte de lo esperado, divididas jerárquicamente en dos categorías claramente demarcadas. El sector VIP donde fueron a parar presidentes –Duque, Piñera, Abdo Benítez- ministros y jerarcas del Cartel y, doscientos metros más atrás (sic!) el resto del público. (ver: http://www.laiguana.tv/articulos/438246-concierto-aid-live-fotos-tarima-vip-publico-general/ )

El organizador y financista del espectáculo fue el magnate británico Richard Branson, un conocido evasor de impuestos y acosador sexual que contrató a una serie de cantantes y grupos de derecha entre los cuales Reymar Perdomo, "El Puma" Rodríguez, Chino, Ricardo Montaner, Diego Torres, Miguel Bosé, Maluma, Nacho, Luis Fonsi, Carlos Vives, Juan Luis Guerra, Juanes, Maná y Alejandro Sanz, que compitieron con fiereza para ver quién se llevaba el Oscar el lambiscón mayor del imperio.
 
Este concierto se suponía que crearía el clima necesario para facilitar el ingreso de la “ayuda humanitaria” preparada en Cúcuta por los estadounidenses y sus sirvientes del gobierno colombiano. Pero no fue así, y por varias razones. Primero, porque tal como lo afirmara la Cruz Roja,sólo puede enviarse ese tipo de ayuda, cuidadosamente fiscalizada (cosa que no se hizo, además) si el gobierno del país que va a recibir cargamento lo solicita. En el mismo sentido se explayó el Secretario General de la ONU, Antonio Gutérrez. Y, segundo, porque el gobierno bolivariano no lo hizo porque sabía muy bien que Estados Unidos utiliza esa “ayuda” para introducir espías, agentes encubiertos disfrazados de médicos y asistentes sociales y para-militares en el territorio de sus enemigos y, por supuesto, no iba a consentir esa movida. Además, si efectivamente la Casa Blanca tuviera un interés genuino en ofrecer una ayuda para aliviar los sufrimientos de la población venezolana tiene en sus manos un recurso mucho más sencillo y efectivo: levantar las sanciones con las cuales ha estado agobiando a la República Bolivariana; o abolir el veto que imponen a las relaciones comerciales internacionales; o devolver los enormes activos de las empresas públicas de ese país confiscados, en un acto que sólo puede calificarse como un robo, por decisión del gobierno de Donald Trump o de autoridades como las del Banco de Inglaterra que se apropió del oro venezolano depositado en su tesoro valuado en algo más de 1.700 millones de dólares.

La rabiosa reacción de la derecha ante el fracaso de la operación “ayuda humanitaria” fue tremenda. El propio narcopresidente Iván Duque saludaba desde las alturas del puente internacional a las bandas de delincuentes contratados para producir desmanes mientras preparaban sus bombas molotov y aceitaban sus armas. Cuando ante la firme resistencia de civiles y militares bolivarianos se consumó el fracaso del operativo norteamericano el lumpenaje, protegido por la Policía Nacional de Colombia, tomó al puente por asalto y procedió a incendiar a los camiones que traían la “ayuda humanitaria”. Como era previsible, la prensa culpó del hecho al gobierno venezolano: ahí están las fotos publicadas por toda la canalla mediática mundial con el correspondiente epígrafe satanizando la barbarie chavista y ocultando a los verdaderos responsables de la barbarie. (ver video sobre el tema en: https://youtu.be/fxTDm11_rmE) Mientras tanto, en perfecta coordinación, los ocupantes de una tanqueta de la policía bolivariana arremete contra las vallas que había en el puente para facilitar la “espontánea” deserción de tres policías buscando asilo en la tranquila y próspera Colombia.

La prensa, empero, nada dijo de los atentos “directores de escena” que, desde el lado colombiano del puente, les indicaban a los desertores cómo debían actuar, por donde entrar, qué decir y les gritaban “¡levanta el arma, levanta el arma!” para que quedara en evidencia que eran policías o militares bolivarianos que huían de la “dictadura” de Maduro. Todo esto está rotundamente documentado en un video que, por supuesto, la “prensa seria” se ha cuidado muy bien de reproducir. 

En resumen, un fiasco diplomático descomunal e inocultable que, para desgracia de la tropa comandada por Trump sería apenas el preludio de otro aún peor.

Nos referimos a la tan publicitada reunión del Cartel de Lima en Bogotá, que para su eterno deshonor fue presidida por el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, cosa de que quede bien establecida la naturaleza patriótica y democrática de la oposición venezolana. El vice de Trump llegó a Bogotá para reunirse, en patética demostración de la vertiginosa declinación del otrora enorme poderío estadounidense en la región, con un grupo de segundones . En otras épocas, la llegada de un emisario de altísimo nivel de la Casa Blanca hubiera desatado un arrollador “efecto manada” y uno tras otros los nefastos presidentes neocoloniales hubieran corrido en tropel para llegar lo antes posible al besamanos oficial. Pero los tiempos han cambiado y Pence sólo pudo estrechar manos con su desprestigiado anfitrión y con el cómico bufón del magnate neoyorkino, el autoproclamado “Presidente Encargado” Juan Guaidó. El resto eran gentes de rango inferior: cancilleres e inclusive vice-cancilleres que con las mejores caras de circunstancias escucharon, con fingida solemnidad, la lectura del acta de defunción del plan golpista estadounidense y, casi con seguridad, del propio Cartel de Lima, habida cuenta de su comprobada inutilidad. El documento, leído con desgano y en medio de un clima deprimente, volvía todo a fojas cero y re-enviaba la cuestión al laberinto sin salida del Consejo de Seguridad de la ONU. Un fracaso gigantesco del gobierno de Estados Unidos en un área que algún troglodita del norte llamó no sólo su “patio trasero” sino su “puerta trasera”. Los plazos para la “salida” de Maduro (primero planteados por Pedro Sánchez, desde Madrid y luego reiterados por Trump, Pompeo, Pence, Bolton y todos los hampones que hoy se cobijan bajo las alas del presidente norteamericano) se disiparon como una vaporosa niebla matinal bajo el ardiente sol del Caribe venezolano.

No sólo eso, ante las evidentes muestras de la declinación del poder imperial los lacayos neocoloniales optaron por ponerse a salvo del desastre y en un gesto inesperado declararon su oposición a una intervención militar en Venezuela. Los bravos guerreros del sur percibieron que en sus propios países una intervención gringa en Venezuela -aún bajo la infructuosa cobertura de una operación de “fuerzas conjuntas” con militares colombianos o de cualquier otro país- sería impopular y les ocasionaría serios costos políticos y optaron por salvar sus expuestos pellejos y dejar que Washington se encargara del asunto.

¡Qué puede hacer ahora Trump? Víctima de su verborragia y la brutalidad de los torvos gangsters que lo asesoran y aconsejan, ¿extraerá ahora a la última carta del mazo, la opción militar, esta que siempre estuvo sobre la mesa? Difícil que un personaje como él admita tan impresionante derrota diplomática y política sin un gesto violento, una puñalada artera. Por lo tanto, no habría que descartar esa posibilidad aunque creo que la probabilidad de una invasión estilo Santo Domingo 1965 o Panamá 1989 es muy baja. El Pentágono sabe que Venezuela no está desarmada y que una incursión en tierras de Bolívar y Chávez no sería lo mismo que la invasión en la inerme Granada de 1983 y ocasionaría numerosas bajas entre los invasores. Escenarios alternativos: (a) provocar escaramuzas o realizar bombardeos tácticos en la larga e incontrolable frontera colombo-venezolana; (b) subir un escalón y atacar objetivos militares dentro del territorio venezolano, desafiando empero una represalia bolivariana que podría ser muy destructiva y alcanzar, inclusive, las bases que EEUU tiene en Colombia o las que la OTAN tiene en Aruba y Curazao; o (c) sacrificar a Juan Guaidó, desecharlo debido a la inutilidad de toda la maniobra, y culpar del magnicidio al gobierno bolivariano.

Con esto se buscaría crear un clima mundial de repudio que justificaría, con la ayuda de la prensa canalla, una operación militar de vasta envergadura. Claro que esta sería una jugada de altísimo costo político porque la credibilidad que tendría el gobierno de Estados Unidos ante un hecho de este tipo es igual a cero. Si Washington hizo estallar al acorazado Maine en la Bahía de La Habana en 1898 (enviando a la muerte de 254 marineros) para justificar la declaración de guerra contra España y quedarse con Cuba; si para entrar en la Segunda Guerra Mundial el presidente Franklin D. Roosevelt consintió en permitir que la Armada Imperial Japonesa atacara “por sorpresa” a Pearl Harbor en diciembre de 1941 ocasionando la muerte a unos 2500 marineros e hiriendo a otros 1300, ¿quién podría creer que si algo malo le sucede a Guaidó, que nadie desea, el culpable podría ser otro que el gobierno de Estados Unidos? Los próximos días comenzará a develarse esta incógnita. Lo cierto, sin embargo, es que por ahora toda la operación golpista pergeñada por los hampones de Washington ha ido de fracaso en fracaso.

Dr. Atilio A. Boron: Coordinador del Ciclo de Complementación Curricular en Historia de América Latina-Facultad de Historia y Artes, UNDAV Director del PLED , Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales del Centro Cultural de la Cooperación "Floreal Gorini" Corrientes 1543 – C1042AAB Buenos Aires, Argentina. Blog: www.atilioboron.com.ar Facebook: http://www.facebook.com/profile.php?id=596730002 Twitter: http://twitter.com/atilioboron
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viernes, febrero 22, 2019

Caballo de Troya en la frontera

22-02-2019


Hay un Caballo de Troya, escondido en la sonrisa de los niños bien y la hienas que miran a la Suramérica como si fuera su playa privada, con sillitas donde sentar sus grandes culos mientras miran celulares y piden ayuda humanitaria para comprarse otro Mercedes.

Hay un Caballo de Troya que cabalga por la América de acá abajo, lleno de farsantes que juegan a la guerra como si fuera un videojuego, con vidas prestadas por la muerte, mientras miran las batallas y piden papel higiénico para jugar su pellejo en la pantalla.

Hay un Caballo de Troya en la mirada de los que creen que nunca van a morir porque el papel higiénico y la ayuda humanitaria los salvará del desprecio de los dioses. Y tal vez se salven, pero no podrán huir del asco o la nausea de la memoria que es mucho peor: viviendo de muerte natural toda la vida.

Amiguitos y amiguitas, enemiguitos y enemiguitas: ¿en qué lugar del Caballo de Troya van a estar ustedes? ¿En la playa mirando su celular hasta que se abra el caballo y disparen las primeras balas o bombas o lo que sea? ¿En la última frontera de la paz hasta que el caballo se ahogue y el mar le pase por arriba con toda la furia de Poseidón?

Muchachitos y muchachitas, hay un Caballo de Troya gordo de tanto que ha comido a lo largo de su vida. Así no lo hayan visto o no lo recuerden, así no sepan de Ulises ni de Ítaca, hay un Caballo de Troya en la frontera. Hay fronteras grandes y pequeña, muros pequeños y grandes en las fronteras, pero también hay fronteras entre el mar y la arena de la playa. Hay fronteras grandes como esas que separan la vida y la muerte del mundo, hay fronteras pequeñas como la sonrisa de las hienas y los niños bien. Pero, sobre todo hay un Caballo de Troya en la frontera de la Suramérica.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

sábado, diciembre 30, 2017

2017, el anticipo de una lucha intensa en 2018




Epígrafe
 

Una derecha envalentonada en las calles y que cuenta con el apoyo abierto de los Estados Unidos se prepara para apretar el acelerador el siguiente año, para revertir una relación de fuerzas que todavía se presenta favorable para el proceso de cambio y el liderazgo de Evo Morales.

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El año 2017 termina en Bolivia con mucho movimiento y con el anuncio anticipado de que en 2018 se librará una dura lucha por el poder entre el bloque indígena campesino obrero y popular liderado por el presidente Evo Morales, que lleva adelante el proceso de cambio más profundo de toda la historia de este país ubicado en el corazón de Sudamérica, y una heterogénea oposición político-mediática que, respaldada por Estados Unidos, en doce años no le ha podido presentar a la población una propuesta alternativa frente a lo que se está haciendo, pero que hoy se siente ganadora.

Las elecciones generales serán en 2019, pero sería un error pensar que la dinámica revolución y contrarrevolución está sometida a plazos meramente electorales e institucionales. No cabe duda, que como aconteció en los períodos 2000-2005 y 2006-2009, aunque en condiciones distintas, la construcción de una relación de fuerzas para la materialización de cualquiera de los dos proyectos en disputa será resuelta, principalmente, en otros escenarios distintos al electoral, aunque también, como ocurrió en los períodos señalados, tendrá su remate en la disputa electoral.

La perspectiva de la que parten los bloques en disputa no es igual. Uno es un bloque en el poder que, después de doce años, necesita reinventarse –rectificando todo aquello que deba rectificar y afianzando todos sus aspectos positivos-, para preservar el poder político conquistado. El otro bloque, en rigor todavía no constituido como tal, pero con grandes posibilidades de lograrlo, aspira a recuperar su condición de clase dominante del que fuera desplazado luego de 181 años en el poder.

Empero, a pesar de una cierta desaceleración del proceso de cambio desde 2010 debido a varias razones, entre ellas a la sensación, siempre ilusoria, de haber tomado el cielo por asalto, y una derecha envalentonada que mira el futuro con la cabeza levantada con la guía de Washington, las relaciones de fuerza –que en la política y en la guerra son fundamentales- todavía le son favorables a la revolución boliviana que el lunes 18 de diciembre ha cumplido doce años. Dos indicadores bastan para constatar lo afirmado: El nivel de aprobación del primer presidente indígena de Bolivia se mantiene cercano al 60 por ciento como promedio, a pesar de la estrategia desplegada en los dos últimos años para afectar estructuralmente su imagen, y el nivel de respaldo político duro que ya quisiera tener político alguno es de 38 a 40 por ciento como punto de partida.

Es verdad que la derecha no es la misma que en el período 2010-2015, cuando a pesar de su recurrente tarea de oponerse a todo lo que hace el gobierno –lo que la ha dejado muchas veces fuera de foco-, sus únicos escenarios de producir política eran los seminarios nacionales e internacionales organizados por sus pares de América Latina y la cobertura de los medios de comunicación. Después, no pasaba nada y eso posibilitó un largo periodo de estabilidad que al gobierno le vino como anillo al dedo para llevar adelante medidas para profundizar la nacionalización de los recursos naturales adoptadas en el llamado “período heroico” (2006-2009) e ingresar al campo de la industrialización. Pues bien, desde el resultado del referéndum del 21 de febrero de 2016, cuando la intención de reforma parcial de la Constitución fue derrotada por un estrecho margen, las diferentes oposiciones, partidarias y mediáticas, a las que se han sumado las denominadas plataformas ciudadanas –una forma de organización alentada y financiada por las distintas agencias estadounidenses: NED, USAID, NDI e IRI- sienten que les ha llegado la hora y que el tiempo de vida del proceso de cambio se ha agotado.

Otro de los hechos políticos que la oposición emplea para construir un discurso y subjetividad victoriosa es el resultado de las elecciones judiciales del 3 de diciembre. Frente a cerca del 35 por ciento promedio de voto válido, la oposición sostiene que la suma de votos nulos –que fue el centro de la política de los jefes de la oposición- y votos blancos forman un “total político” que expresa rechazo a la continuidad del proceso de cambio y de Evo Morales en su condición de presidente.

Al estado de ánimo actual de la oposición boliviana le aporta también la tesis sustentada por los intelectuales de derecha de un pretendido “fin del ciclo progresista” en América Latina. No pocos pensadores de izquierda de la región sostienen lo mismo, en un tono bastante sospechoso y coincidente, aunque no nuevo, con la melodía entonada por los siameses imperial-oligárquico. La base de esta afirmación es la derrota electoral de lo nacional-popular en Argentina y del derrocamiento –por métodos no democráticos- de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. Empero, el único argumento que emplean los que sostienen esa tesis para negar la solidez de los gobiernos revolucionarios de Bolivia, Venezuela, Nicaragua y Cuba es que se tratan de dictaduras sostenidas en la represión. Una articulación entre el monstruoso aparato mediático y el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, sirven para crear un ambiente de triunfalismo en los diversos rostros de la derecha y para producir una sensación de derrota en las filas populares.

¿La relación de fuerzas vigente en Bolivia es, por tanto, un preludio de una coyuntura política venidera caracterizada por una nueva crisis estatal que ponga en entredicho todo lo que se ha hecho en doce años de un gobierno de izquierda? ¿Estamos en Bolivia en proximidades de atravesar la quinta crisis estatal de nuestra historia, cuya resolución devendrá de una nueva confrontación política y social?

En política no se puede ser absoluto. Sin embargo, las posibilidades de revertir el proceso histórico abierto “oficialmente” en enero de 2006, cuando Morales asumió la conducción del país, son menores de las que tiene el gobierno, los movimientos sociales y los ciudadanos y ciudadanas de las capas urbanas para profundizar el cambio.

Los fundamentos de la relación de fuerzas favorable al proceso de cambio y Evo Morales son los siguientes: primero, la existencia de una inter-relación dialéctica entre liderazgo, fuerza organizada del pueblo y un proyecto post neoliberal exitoso. Esta relación, que puede tener momentos de crisis que sería un grueso error subestimarlos, en lo estructural todavía mantiene una consistencia que al proceso le ha permitido salir varias veces airoso. Esta trinidad de la política –líder, pueblo y proyecto- no tiene al frente una al menos similar del que dispone el proceso de cambio. La oposición carece de una sola figura que cohesione y condense a la heterogénea masa de descontentos, hay señales objetivas de dispersión –como la negativa de Sol.bo de seguir siendo parte de la Mesa de Unidad Derechista (MUD) comandada desde la embajada de Estados Unidos y la reaparición del socialdemócrata Jaime Paz Zamora- y la resistencia real de nuevos actores políticos –jóvenes y mujeres organizados en plataformas por agencias estadounidenses a manera de reeditar la receta de las revoluciones de colores de Gene Sharp- para subordinarse a los viejos rostros de los políticos comprometidos con dos décadas de neoliberalismo. La derecha, sin embargo, ya no es la misma y está dando demasiadas muestras de haber aprendido que el gobierno ya no solo se captura con golpes de Estado o exitosas campañas electorales, sino también tomando las calles. De ahí que hayan salido el 21 de febrero, el 10 de octubre y en la semana que culmina a “tomar las calles”, así como el anuncio de una presencia permanente en las calles en 2018, de la que un ensayo es la convocatoria a paro cívico nacional para el 21 de febrero del siguiente año por parte del reaparecido Conalde.

Segundo, los cambios objetivamente logrados por el gobierno del presidente Evo Morales, es un factor a favor de la revolución. Bolivia ha cambiado, ya no es la misma, en comparación a toda su historia. En Sudamérica es el país que mejor comportamiento económico mantiene desde hace varios años y la distribución de la riqueza ha generado un proceso de igualación social importantes. Estas son variables a la que se recurre, quizá a veces en demasía, para convocar a la gente a mantener su apoyo al proceso de cambio, ignorando que las obras pueden provocar un inicial impacto político pero que después son apreciados por la gente como algo normal. Los jóvenes, sobre todo, parecen ser el segmento de la población menos sensible a los logros del gobierno y más permeable a la campaña de la oposición. Pero que las obras ya no sean suficiente para alinear a la mayoría a favor del gobierno en una perspectiva de continuidad, no es lo mismo que decir no hay nada. El desafío para Morales y el MAS parece estar en cómo conectan la aprobación de la gestión con la intención de voto. Parte de la respuesta está en su propia historia: luchar y re-enamorar a la gente que, por alguna razón, justificable o no, se ha distanciado del proceso en los últimos años.

En tercer lugar, la capacidad de resistencia de los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Nicaragua –sin contar a la revolución cubana que se mantiene victoriosa desde la segunda mitad del siglo XX- demuestra que la derecha ha tenido éxito en aquellos países en los cuales no se han producido revoluciones (Brasil, Argentina, Paraguay y otros), pero que la contraofensiva imperial ha fracasado, al menos hasta ahora, en aquellos países donde se están registrando revoluciones en las condiciones del siglo XXI.

Los misiles mediáticos desplegados por los Estados Unidos y las derechas en cada uno de esos países, además de la intensa actividad subversiva de sus agencias de injerencia y espionaje, no han podido destruir, lo que no implica que a momentos no los debiliten, los fuertes cimientos políticos acumulados en las luchas de resistencia, antes desde el llano, ahora en su condición de gobierno, al nuevo bloque en el poder. Ahí hay algo que es una fuente de defensa y ampliación del poder conquistado siempre y cuando no se ignore que ese poder de nuevo tipo lo es en la medida que –como insistieran los clásicos del marxismo- se articule la capacidad de dirección “desde abajo” y la capacidad de dominación “desde arriba”.

En tercer lugar está, como se ha señalado en anteriores análisis, el contar a su favor con un camino allanado para la repostulación de Evo Morales en 2019 luego de que el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) declarara procedente el recurso abstracto de inconstitucional. Pero, eso no es suficiente. Las batallas se librarán en otros escenarios tan importantes como el institucional: las calles, el mediático, el internacional y el electoral. La derecha –como refleja el comunicado del Departamento de Estado de los Estados Unidos y las declaraciones del Secretario General de la OEA que salieron en su ayuda- quiere llegar a las elecciones de 2019 sin Evo Morales como competidor, por lo que si logra o no ese desenlace dependerá de cuál es el bloque que salga victorioso en los otros escenarios de la contienda.

En síntesis, nadie está vencido mientras no baja las manos. Y Evo Morales –luchador incansable- está lejos de bajar las manos. Como decía Fidel Castro, “quien ha dicho que iba a ser fácil”.



Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


viernes, diciembre 08, 2017

Duelo mundial de hipocresías

Lágrimas de cocodrilo

Los esclavos de CNN en Libia, el fraude tranquilo en Honduras

Cubainformación

Tomado de: www.rebelión.org

“Fraude” (1), “pucherazo” (2) repetía la gran prensa internacional tras los dos recientes procesos electorales en Venezuela. Ni oposición ni medios llegaron a presentar una sola prueba de ello (3). Pero gobiernos y titulares condenaban de nuevo al gobierno de Caracas y lo calificaban como “dictadura” (4) o “régimen ilegítimo” (5).
Ahora imaginemos que en Venezuela el Consejo Nacional Electoral hubiera tardado ocho días en dar los resultados (6). Que, con el 57 % de los votos contados y llevando la oposición un 5 % de ventaja, el sistema informático se hubiera caído durante más de diez horas (7) y, a su regreso, como por arte de magia, la mayoría hubiera pasado a la candidatura del gobierno (8).
También imaginemos que, ante las protestas, el gobierno hubiera respondido con un toque de queda para impedir la circulación de personas tras las 6 de la tarde (9). Y, sobre todo, con mucha represión: 13 muertos y más de 500 personas detenidas (10).
Nos podemos imaginar qué hubieran dicho los medios, la OEA (11), la Casa Blanca (12) y la Unión Europea (13) si hubiera ocurrido todo esto en Venezuela. Pero como ha sido en Honduras, el “fraude” electoral aparece en los titulares –por ser una hipótesis, una opinión- siempre entrecomillado (14). En Venezuela, a pesar de no existir prueba ninguna, las comillas del supuesto fraude... sobraban (15).
Nos han dicho siempre que Internet es el gran espacio para la libertad de expresión. Y que por eso es temido y controlado por gobiernos... como el de Cuba (16). Un espacio, eso sí, bien vigilado por las multinacionales del sector con sede en EEUU (17). Una de ellas, Google, eliminaba recientemente de YouTube las cuentas del canal iraní HispanTV (18). Y anunciaba que penalizará en sus buscadores al canal Russia Today (19), cuya publicidad, a su vez, ha sido vetada por la empresa Twitter (20). Son evidencias de cómo los intereses geopolíticos occidentales marcan el límite de la libertad de prensa. Y de cómo estos canales públicos –ruso e iraní- están haciendo mella en dichos intereses, al llevar a extensos públicos informaciones y opiniones censuradas en la gran prensa internacional (21).
Hace unos días, la CNN emitía imágenes de un aberrante negocio: el de la subasta de personas esclavas en Libia (22). Un país –recordemos- cuya Guardia Costera recibirá 46 millones de euros de la Unión Europea para controlar la salida de migrantes (23). La nación que consiguió tener la mayor renta per cápita y el mayor índice de desarrollo humano de África (24). Que hoy es un caos social, político y económico absoluto (25). Del que la mitad de su población ha emigrado y buena parte de la que queda vive en situaciones de pobreza no conocidas antes (26). Es el resultado de la operación que acabó con el gobierno incómodo de Muammar el-Khadafi: Occidente y las monarquías del Golfo armaron primero al yihadismo (27). Después, meses de mentiras y propaganda anestesiaron a la opinión pública para los bombardeos de la OTAN (28). Fue el papel de poderosos medios... como CNN. El canal que ahora nos arranca lágrimas de indignación con sus imágenes de los mercados de esclavos (29). Los que jamás habrían existido sin su participación criminal en la destrucción de países como Irak, Siria y Libia (30).