Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Tomado de RT en español
Aunque el siglo XXI se considera
un siglo multipolar tras el trauma que supuso la disolución de la Unión
Soviética, lo cierto es que siempre ha habido un único líder: EE.UU. con su
perro de ataque la OTAN. ¿Foro de Sao Paulo? ¿Eje de Resistencia? ¿BRICS? La
realidad es que estas asociaciones a la hora de la verdad siempre han tenido un
poder limitado, y eso siendo optimistas. Lo cierto es que las últimas décadas
el mundo han girado en torno a los intereses de la Commonwealth, de la UE y de
la OTAN. El enemigo de estas estructuras criminales parecía no tener opciones
de supervivencia. El poder de decisión y de acción estaba concentrado en unos
pocos, al menos hasta ahora. El capitalismo existente se ha agotado enredado en
contradicciones, y las democracias occidentales atraviesan profundas crisis
internas que se han convertido en oportunidades para viejos y nuevos actores.
La pasada semana Vladímir
Putin ofreció uno de sus discursos más importantes en el Club de Debates
Valdái, en Sochi. Y que su discurso es histórico para Rusia no es una
percepción porque sea Putin y esto RT; sino que es un hecho objetivo en tanto a
que es una clara declaración de intenciones del Gobierno ruso y una llamada de
atención a todo el bloque atlantista.
La clave del discurso se podría
resumir en la siguiente frase: "¿Dónde están los principios humanistas
del pensamiento político occidental? Resulta que no hay nada, solo
charlatanería", en referencia a las brutales sanciones impuestas por
EE.UU. y la UE a países padeciendo crisis humanitarias; sanciones que no se han
detenido ni durante el Covid. Y es que el bloque atlantista es el bloque de
la hipocresía. Es el único que se llena el pecho hablando de tolerancia, de
democracia y de respeto, mientras impone por la fuerza su visión obtusa del
mundo, mientras quita y pone gobiernos a su conveniencia, mientras es incapaz
de entender, aceptar o permitir sistemas y modos de vida ajenos a los valores
liberal-occidentales que, dicho sea de paso, son tan decadentes que solo
generan problemas sociales, raciales… identitarios.
La
dominación del bloque occidental, muy acomodado en el mundo unipolar, ni
entiende ni acepta la re-distribución del poder, pero este proceso de cambio ya
es inevitable, y el cómo llegue, dependerá de la capacidad diplomática de los
dirigentes.
Resulta
ridículo, más bien patético, ver cómo la UE amenaza a Polonia por anteponer su
Constitución al turbo-globalismo europeísta. Resulta ridículo, más bien
patético, ver cómo no hay ningún tipo de reparo a la hora de presionar al
Gobierno húngaro para que fuerce un cambio socio-cultural-ideológico amenazando
con castigos colectivos a la población. Resulta ridículo, más bien patético,
ver cómo en Bruselas hablan de soberanía y de injerencias externas, pero son
los belgas y alemanes quienes interfieren en la Justicia española. No hay lazos
de hermandad, porque la democracia occidental es la imposición –a veces más y
otras veces menos– violenta, de los ideales de unos pocos. Es la destrucción de
toda particularidad, de toda tradición, para que el mundo pierda matices y sea
gris: mismo sistema económico, misma doctrina política, mismas costumbres,
misma ideología… y es que el centrismo liberal es una ideología tan
totalitaria, tan sectaria, que se ha convertido –para muchos– en una religión
secular.
Lo perverso del liberalismo, sin embargo, es que ideológicamente es algo tan abstracto, tan
adaptativo, tan pobre y tan obsceno, que termina siendo una maquinaria del caos,
que primero intenta imponer, y luego termina arrasando con todo. La dominación
del bloque occidental, muy acomodado en el mundo unipolar, ni entiende ni
acepta la re-distribución del poder, pero este proceso de cambio ya es
inevitable, y el cómo llegue, dependerá de la capacidad diplomática de los
dirigentes.
En este punto de hecho se
encuentra el mensaje más duro del presidente ruso: "La historia no tiene
ejemplos de un orden mundial estable que se imponga sin una gran guerra o sus
resultados como base (…) tenemos la oportunidad de sentar un precedente
extremadamente favorable. El intento de crearlo después del final de la Guerra
Fría sobre la base de la dominación occidental fracasó (…) el estado actual de
los asuntos internacionales es producto de ese mismo fracaso, y debemos
aprender de ello".
El discurso llega además con el
fracaso de la intervención norteamericana en Afganistán; una guerra heredada de
la misma Guerra Fría. ¿Cuántas guerras se han financiado para derrocar
gobiernos incómodos? ¿Cuántas vidas se han condenado con sanciones que provocan
hambrunas, epidemias y muerte? ¿Qué ideología vale más que la vida? Si el
precio a pagar es el exterminio de la población, qué tiránica parece la
democracia.
El
Viejo Continente no aprende de sus errores; sus petulantes mandatarios no están
dispuestos a aceptar el nuevo orden mundial que se está creando, donde una
minoría dentro de los pocos ya no puede concentrar el poder. Crisis social,
crisis económica, desigualdad… problemas a los que ni la UE ni EE.UU. saben
hacer frente.
Y es
que Occidente, más concretamente países como Francia y Reino Unido con sus
hijos –los perfectos criminales– Israel y EE.UU., no ha superado la
descolonización. Las guerras ya no se ganan. La derrota del uno ya no significa
la victoria del otro, y hemos llegado a un punto en el que la guerra
nunca se detiene. Primero intervienen, luego sancionan, después mantienen
una insurgencia eterna, y esas dinámicas se tienen que acabar. Porque la UE y
EE.UU. tienen una falsa sensación de seguridad, de que pueden arrasar el mundo
sin consecuencias, pero quien siembra vientos…
Y ya
se están cosechando esas tempestades. ¿Acaso es casualidad la crisis energética
que amenaza a Europa? Claro, es muy bonito vender discursos progresistas de
ecologismo, de ciudades verdes y modernas, mientras tenemos que nutrirnos de la
energía importada desde terceros países que no pierden tanto el tiempo con
discursitos con los que brindar en suntuosas galas únicamente para las élites
millonarias preocupadas por banalidades o –en el mejor caso– cuestiones
secundarias. Si además, mientras, maltratas a esos países, no hay que ser un
prestigioso politólogo para saber que sin lazos de hermandad, el caos es
inevitable. Es decir, la gente se indigna porque Rusia trata el gas como un
negocio y no atiende a los lloros humanitarios del centro de Europa. Entendible
hasta cierto punto, si no fuere porque la UE ha sancionado duramente a Rusia
con el objetivo de someter su economía. ¿En qué cabeza cabría esperar otra
reacción?
Es
triste que el discurso de Vladímir Putin en Valdái sea noticia, no por el
discurso en sí, sino por todo lo que significa. Significa que el Viejo
Continente no aprende de sus errores, que sus petulantes mandatarios no están
dispuestos a aceptar el nuevo orden mundial que se está creando, donde una
minoría dentro de los pocos ya no puede concentrar el poder. Crisis social,
crisis económica, desigualdad… problemas a los que ni la UE ni EE.UU. saben
hacer frente, porque solo saben exportar el horror de un sistema perverso.
"El mundo ha llegado a una época de cambios drásticos", concluía Putin, y si estos
sistemas –porque los gobiernos solo son piezas de una misma máquina– basados en
la caduca jerarquía del supremacismo occidental no cambian, cada día será un
clavo más en el ataúd.
El fin del supremacismo occidental: el discurso de Putin que ni la UE ni
EE.UU. quieren escuchar
Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Tomado de RT en español
Aunque el siglo XXI se considera
un siglo multipolar tras el trauma que supuso la disolución de la Unión
Soviética, lo cierto es que siempre ha habido un único líder: EE.UU. con su
perro de ataque la OTAN. ¿Foro de Sao Paulo? ¿Eje de Resistencia? ¿BRICS? La
realidad es que estas asociaciones a la hora de la verdad siempre han tenido un
poder limitado, y eso siendo optimistas. Lo cierto es que las últimas décadas
el mundo han girado en torno a los intereses de la Commonwealth, de la UE y de
la OTAN. El enemigo de estas estructuras criminales parecía no tener opciones
de supervivencia. El poder de decisión y de acción estaba concentrado en unos
pocos, al menos hasta ahora. El capitalismo existente se ha agotado enredado en
contradicciones, y las democracias occidentales atraviesan profundas crisis
internas que se han convertido en oportunidades para viejos y nuevos actores.
La pasada semana Vladímir
Putin ofreció uno de sus discursos más importantes en el Club de Debates
Valdái, en Sochi. Y que su discurso es histórico para Rusia no es una
percepción porque sea Putin y esto RT; sino que es un hecho objetivo en tanto a
que es una clara declaración de intenciones del Gobierno ruso y una llamada de
atención a todo el bloque atlantista.
La clave del discurso se podría
resumir en la siguiente frase: "¿Dónde están los principios humanistas
del pensamiento político occidental? Resulta que no hay nada, solo
charlatanería", en referencia a las brutales sanciones impuestas por
EE.UU. y la UE a países padeciendo crisis humanitarias; sanciones que no se han
detenido ni durante el Covid. Y es que el bloque atlantista es el bloque de
la hipocresía. Es el único que se llena el pecho hablando de tolerancia, de
democracia y de respeto, mientras impone por la fuerza su visión obtusa del
mundo, mientras quita y pone gobiernos a su conveniencia, mientras es incapaz
de entender, aceptar o permitir sistemas y modos de vida ajenos a los valores
liberal-occidentales que, dicho sea de paso, son tan decadentes que solo
generan problemas sociales, raciales… identitarios.
La
dominación del bloque occidental, muy acomodado en el mundo unipolar, ni
entiende ni acepta la re-distribución del poder, pero este proceso de cambio ya
es inevitable, y el cómo llegue, dependerá de la capacidad diplomática de los
dirigentes.
Resulta
ridículo, más bien patético, ver cómo la UE amenaza a Polonia por anteponer su
Constitución al turbo-globalismo europeísta. Resulta ridículo, más bien
patético, ver cómo no hay ningún tipo de reparo a la hora de presionar al
Gobierno húngaro para que fuerce un cambio socio-cultural-ideológico amenazando
con castigos colectivos a la población. Resulta ridículo, más bien patético,
ver cómo en Bruselas hablan de soberanía y de injerencias externas, pero son
los belgas y alemanes quienes interfieren en la Justicia española. No hay lazos
de hermandad, porque la democracia occidental es la imposición –a veces más y
otras veces menos– violenta, de los ideales de unos pocos. Es la destrucción de
toda particularidad, de toda tradición, para que el mundo pierda matices y sea
gris: mismo sistema económico, misma doctrina política, mismas costumbres,
misma ideología… y es que el centrismo liberal es una ideología tan
totalitaria, tan sectaria, que se ha convertido –para muchos– en una religión
secular.
Lo perverso del liberalismo, sin embargo, es que ideológicamente es algo tan abstracto, tan
adaptativo, tan pobre y tan obsceno, que termina siendo una maquinaria del caos,
que primero intenta imponer, y luego termina arrasando con todo. La dominación
del bloque occidental, muy acomodado en el mundo unipolar, ni entiende ni
acepta la re-distribución del poder, pero este proceso de cambio ya es
inevitable, y el cómo llegue, dependerá de la capacidad diplomática de los
dirigentes.
En este punto de hecho se
encuentra el mensaje más duro del presidente ruso: "La historia no tiene
ejemplos de un orden mundial estable que se imponga sin una gran guerra o sus
resultados como base (…) tenemos la oportunidad de sentar un precedente
extremadamente favorable. El intento de crearlo después del final de la Guerra
Fría sobre la base de la dominación occidental fracasó (…) el estado actual de
los asuntos internacionales es producto de ese mismo fracaso, y debemos
aprender de ello".
El discurso llega además con el
fracaso de la intervención norteamericana en Afganistán; una guerra heredada de
la misma Guerra Fría. ¿Cuántas guerras se han financiado para derrocar
gobiernos incómodos? ¿Cuántas vidas se han condenado con sanciones que provocan
hambrunas, epidemias y muerte? ¿Qué ideología vale más que la vida? Si el
precio a pagar es el exterminio de la población, qué tiránica parece la
democracia.
El
Viejo Continente no aprende de sus errores; sus petulantes mandatarios no están
dispuestos a aceptar el nuevo orden mundial que se está creando, donde una
minoría dentro de los pocos ya no puede concentrar el poder. Crisis social,
crisis económica, desigualdad… problemas a los que ni la UE ni EE.UU. saben
hacer frente.
Y es
que Occidente, más concretamente países como Francia y Reino Unido con sus
hijos –los perfectos criminales– Israel y EE.UU., no ha superado la
descolonización. Las guerras ya no se ganan. La derrota del uno ya no significa
la victoria del otro, y hemos llegado a un punto en el que la guerra
nunca se detiene. Primero intervienen, luego sancionan, después mantienen
una insurgencia eterna, y esas dinámicas se tienen que acabar. Porque la UE y
EE.UU. tienen una falsa sensación de seguridad, de que pueden arrasar el mundo
sin consecuencias, pero quien siembra vientos…
Y ya
se están cosechando esas tempestades. ¿Acaso es casualidad la crisis energética
que amenaza a Europa? Claro, es muy bonito vender discursos progresistas de
ecologismo, de ciudades verdes y modernas, mientras tenemos que nutrirnos de la
energía importada desde terceros países que no pierden tanto el tiempo con
discursitos con los que brindar en suntuosas galas únicamente para las élites
millonarias preocupadas por banalidades o –en el mejor caso– cuestiones
secundarias. Si además, mientras, maltratas a esos países, no hay que ser un
prestigioso politólogo para saber que sin lazos de hermandad, el caos es
inevitable. Es decir, la gente se indigna porque Rusia trata el gas como un
negocio y no atiende a los lloros humanitarios del centro de Europa. Entendible
hasta cierto punto, si no fuere porque la UE ha sancionado duramente a Rusia
con el objetivo de someter su economía. ¿En qué cabeza cabría esperar otra
reacción?
Es
triste que el discurso de Vladímir Putin en Valdái sea noticia, no por el
discurso en sí, sino por todo lo que significa. Significa que el Viejo
Continente no aprende de sus errores, que sus petulantes mandatarios no están
dispuestos a aceptar el nuevo orden mundial que se está creando, donde una
minoría dentro de los pocos ya no puede concentrar el poder. Crisis social,
crisis económica, desigualdad… problemas a los que ni la UE ni EE.UU. saben
hacer frente, porque solo saben exportar el horror de un sistema perverso.
"El mundo ha llegado a una época de cambios drásticos", concluía Putin, y si estos
sistemas –porque los gobiernos solo son piezas de una misma máquina– basados en
la caduca jerarquía del supremacismo occidental no cambian, cada día será un
clavo más en el ataúd.