jueves, agosto 15, 2019

Macri y Trump: derrotados por nocaut

Conocidos los resultados de las elecciones primarias (PASO) del pasado domingo publiqué un tuit en el que decía que los dos grandes perdedores habían sido Mauricio Macri y Donald Trump.

En efecto, Trump apoyó con todas sus fuerzas al gobierno argentino. Lo dijo con todas las letras y en innumerables y a veces importantes ocasiones. Es más: ordenó a sus lugartenientes en el Fondo Monetario Internacional (recordar que según Zbigniew Brzezinski el FMI y el Banco Mundial son “extensiones del Departamento del Tesoro”) que respaldasen al gobierno de Macri y su reelección otorgándole a la Argentina un paquete de ayuda financiera del orden de los 57 mil millones de dólares. Este fue el mayor desembolso jamás hecho por el FMI en su historia y tenía por objeto evitar el default de la economía argentina.

La ejecución diaria de ese préstamo fue supervisada por la señora Christine Lagarde, Directora Gerente del FMI (y, en los hechos. Ministra de Economía y “co-presidenta” de la Argentina) y autorizaba también al Banco Central a vender dólares para estabilizar su cotización en el frenético mercado local y de ese modo contener la escalada de precios en un país lastrado por un persistente régimen de alta inflación. En la práctica esa enorme suma hizo poco más que financiar la impetuosa fuga de capitales de la que usufructuaron los amigos y compinches del régimen, mancomunados en el proyecto macrista de saqueo de las riquezas del país.

Con base en informes oficiales del Banco Central difundido por el economista Ismael Bermúdez la fuga de capitales en el período transcurrido entre el 2016 y el primer semestre del 2019 fue de 70.210 millones de dólares. Huelgan los comentarios acerca de las deprimentes consecuencias de esta monumental hemorragia financiera, para combatir la cual John M. Keynes había propuesto, en la década de 1930, practicar la “eutanasia” de rentistas y especuladores por ser éstos mortales enemigos del crecimiento de la economía real. El economista de Cambridge se hubiera asombrado al comprobar los alcances de este flagelo en la Argentina.

La contrapartida de tanto apoyo y de tanta munificencia imperial fue la conversión del gobierno argentino en un pusilánime sirviente de la Casa Blanca, presto a obedecer a las menores insinuaciones de su irascible ocupante. Macri sobreactuó su obediencia a Trump porque en la campaña presidencial norteamericana había explícitamente respaldado a Hillary Clinton. Una vez consumada la victoria del magnate neoyorquino Macri se desesperó por enmendar su error arrastrándose a los pies del emperador y ofreciéndose para hacer cuanto éste le ordenase, reviviendo con su rastrera conducta las “relaciones carnales” de Carlos S. Menem. Trump lo perdonó pero fue preciso y terminante con sus mandatos que, imaginamos, deben haber sido más o menos así: “¡ataca a Maduro, en todos los foros, en todos los frentes, tú y tus fucking ministros y funcionarios! Destruye la UNASUR, acaba con la CELAC, mantén a chinos y rusos bien lejos, olvídate de las Falklands, acepta que instale varias bases militares en la Argentina, facilita los negocios de las empresas norteamericanas y deja que la economía la maneje el FMI, pues tus economistas son una cuadrilla de inútiles”.

En vísperas de las primarias Trump envió al país a su Secretario de Comercio, Wilbur Ross, como un gesto más de apoyo y aliento a la Casa Rosada para que avance sin más demora en las reformas estructurales que faltaban: la privatización del sistema de seguridad social, la laboral y la del régimen impositivo, en línea con la que el estadounidense impusiera en su país alivianando la presión fiscal sobre las grandes empresas y las grandes fortunas.

Macri obedeció, al pie de la letra al úkase imperial. La Argentina se quedó sin política exterior, porque hizo suya la de Estados Unidos asumiendo como propios los enemigos o adversarios de Washington en momentos en que Trump riñe con casi todo el mundo. También se quedó sin política económica, porque pasó a dictarla el FMI a través de sus técnicos. El resultado está a la vista: un holocausto social de vastas proporciones y un derrumbe económico que, en algunos aspectos, no tiene precedentes, todo lo cual se agrava por los efectos devastadores del “lawfare” (hiperpolitización de la justicia federal; maridaje entre jueces, fiscales, servicios de inteligencia y medios de comunicación; atropello al debido proceso, etcétera) y el abrumador control que ejerce el oficialismo sobre los medios y la masiva utilización de pseudo-periodistas –en realidad, operadores políticos jugosamente remunerados- para mentir, desinformar, atemorizar a la población y para difamar a las principales figuras de la oposición. Esta siniestra operación de manipulación de la opinión pública se complementó con la abrumadora propaganda oficial en todas las redes sociales y la inescrupulosa utilización de ejércitos de “trolls” que con sus media verdades y “fake news” contribuían a la confusión general atacando con particular saña a los candidatos del Frente de Todos.

Pero todo fue en vano. Macri y su patrón fueron arrasados en las urnas. Su gobierno languidece a la espera de un milagro, que no se producirá. Si algo ocurrirá en la primera vuelta que tendrá lugar el 27 de Octubre será una derrota aún más aplastante del oficialismo, lo cual será muy positivo para impedir por mucho tiempo el retorno al gobierno de esa derecha neocolonial, elitista, falsamente “meritocrática” y antidemocrática. Esto si tiene suerte: si la revuelta de los mercados y la conmoción social e institucional resultante no sentencian el final anticipado del gobierno de Macri, algo que ya ocurrió en dos ocasiones desde la restauración democrática de 1983, aunque bajo distintas condiciones. En suma: Trump se quedó sin uno de sus peones sudamericanos, y el brasileño camina por la cuerda floja. Y la debacle del neoliberalismo en la Argentina es un mensaje que será leído con atención en muchos países. En suma: buenas noticias para el futuro de Nuestra América. ¿Quién decía que el ciclo progresista había concluido?

- Dr. Atilio A. Boron, director del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (PLED), Buenos Aires, Argentina. Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2013.

martes, abril 23, 2019

miércoles, abril 10, 2019

El (rápido) retorno del neoliberalismo y la deriva de Lenín Moreno

 


Mayo de 2017: después de una victoria estrecha frente a Guillermo Lasso, el nuevo presidente del Ecuador Lenin Moreno sucede a Rafael Correa luego de diez años de transformación del país a través de un proceso que se denominó Revolución Ciudadana. Los actores y los analistas políticos veían en el nuevo presidente la continuación de este proceso político, con algunos cambios de forma en la manera de hacer política (sobre todo con menos conflictividad discursiva), como lo anunciaba su lema de campaña “continuidad con cambios”. Marzo de 2019: después de menos de dos años en el poder, el nombre de la “Revolución Ciudadana” ha desaparecido de todos los soportes comunicacionales del gobierno; las tensiones aparecidas a partir de septiembre del 2017 hicieron explotar el partido ganador de las elecciones presidenciales y legislativas, Alianza PAIS; la consulta popular de febrero de 2018 permitió trastornar de manera radical la institucionalidad del país; y se instaló poco a poco un nuevo programa de gobierno que se puede calificar de neoliberal. Los cambios han sido muchos más profundos y radicales que lo previsto, sin ninguna continuidad con el proceso anterior. Más bien, las alianzas políticas se han rediseñado al mismo tiempo que se desacredita todo lo sucedido en la década pasada que, en el discurso de los voceros gubernamentales, es sinónimo de despilfarro de los fondos públicos, de corrupción o de ampliación de un Estado obeso para obedecer al autoritarismo de Rafael Correa.
Este giro político de Lenin Moreno acaba con una década de post-neoliberalismo para lanzar de nuevo el país en los devastadores brazos del Fondo Monetario Internacional (FMI) con la excusa de intentar resolver la fuerte crisis económica, responsabilidad, según ellos, del gobierno de Rafael Correa. Antes de analizar lo sucedido en el último año en Ecuador, es preciso volver sobre lo que es el neoliberalismo para entender mejor lo que está pasando.
1. ¿Qué es el neoliberalismo?
A pesar de que sus primeros experimentos políticos tuvieron lugar en el Chile de Pinochet, son los gobiernos de Thatcher en Reino Unido y Reagan en Estados Unidos, al inicio de los años 1980, que hicieron del neoliberalismo un modelo socio-económico a copiar en otros países. Sus bases teóricas se construyeron desde los años 1930 con el intelectual Fredrich von Hayek, alrededor de dos temas claves: la defensa del liberalismo político – principalmente la democracia representativa y el Estado de derecho – y la oposición a toda intervención del Estado en las actividades económicas. Después de la Segunda Guerra Mundial, el keynesianismo se impuso en todos los países centrales del capitalismo mundial lo que hizo que los neoliberales tuvieron que esperar su crisis en los años 1970 para surgir como una alternativa a este sistema. Para eso benefició de las redes que había tejido antes y que se articulaban alrededor de algunos think tanks [2] que se convirtieron en instancias privilegiadas del activismo político de los intelectuales neoliberales. Ahí podían influir directamente, a través de la lucha de ideas, en los campos económicos y políticos reuniéndose con otros académicos, ciertos políticos de derecha (principalmente del partido conservador en Reino Unido), editorialistas de medios de comunicación importantes y algunos grandes empresarios. Pero una cosa es establecer las condiciones intelectuales para crear opiniones, influir en la elite política, económica y mediática; otra es hacer de esta idea una fuerza política capaz de ser ejecutada en el campo político. Para lograr este objetivo, los think tanks neoliberales aprovecharon de una coyuntura favorable con la crisis del keynesianismo, el cuestionamiento de un modelo basado en una importante intervención del Estado y la crisis política que atravesaba Reino Unido y el partido conservador.
Una vez que este modelo llegó al poder con Thatcher y Reagan, se ha convertido progresivamente en hegemónico a nivel mundial. En sus cuarenta años de vigencia, ha evolucionado adaptándose a las crisis que el mismo genera: “ el neoliberalismo se nutre actualmente de las reacciones de hostilidad que suscita.” Al principio, se ejecutó en los campos económico y social con el apoyo de una cierta institucionalidad y de normas jurídicas para luego propagarse en los campos políticos, culturales, intelectuales, entre otros. Siguiendo a Gilles Christoph, concebimos el neoliberalismo como un “sistema complejo” es decir “un conjunto de elementos unidos por relaciones de interacción y de interdependencia, de las cuales emerge una estructura coherente, ordenada.” [3]
Para que este sistema pueda existir y ser coherente, el neoliberalismo necesita de la acción del Estado para crear las condiciones favorables a la expansión de la libre competencia – entre empresas pero también entre países para atraer las inversiones –, la libre circulación de los capitales, es decir someter a los países e individuos al orden económico. Se necesita de un Estado que legisle y adopte normas para que el derecho privado prima sobre lo público y los individuos, para disminuir el precio del trabajo y la carga tributaria para las empresas. También los Estados deciden someterse a instituciones internacionales que garantizan el funcionamiento del orden neoliberal como son la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial o la Unión Europea.
Se trata de una nueva “razón-mundo” [4] que se basa en la extensión de la lógica capitalista en todas las esferas de la sociedad y de la vida. Es parte de la evolución del capitalismo como nueva etapa de acumulación de capital que se esparce territorialmente en todos los rincones del mundo. Dentro de la historia del capitalismo, el neoliberalismo corresponde a su fase financiera, sucediendo al capitalismo mercantil y al industrial. Esta financiarización de la economía se acompaña de la globalización de los intercambios comerciales y de la mercantilización de todos los espacios. Un ejemplo de esto es el éxito recién del concepto de economía verde que, aprovechando de la crisis ambiental y del cambio climático, abre nuevas oportunidades y mercados para el capital, valorizando , entre otras cosas, la naturaleza para mercantilizarla.
El neoliberalismo es inseparable del productivismo y del consumismo que empezó a aparecer en los años 1950 en las sociedades occidentales pero también del individualismo de los años 1970. El ser humano ya no es visto como un ser social sino como un consumidor, lo que vuelven más borrosos los vínculos sociales, el sentimiento de pertenencia a una colectividad común. Las consecuencias en la vida en comunidad son importantes porque ese individualismo lleva a concentrarse en la esfera privada considerada como el núcleo base para la emancipación y el respeto de las libertades individuales. La desafección por la política es real y se expresa, entre otras cosas, por porcentajes cada vez más importantes de abstención electoral o por un alejamiento de los partidos políticos. La satisfacción de las necesidades y deseos individuales y la búsqueda de la realización personal son los principales objetivos de este individualismo para alcanzar la felicidad.
El sistema neoliberal se mantiene alimentándose de las diferentes crisis. Por ejemplo se pensaba que la crisis de 2008 iba a generar un cambio de orientación en las políticas públicas en el centro capitalista yendo hacia un post-neoliberalismo. Pero no fue así y asistimos más bien a una radicalización neoliberal reafirmando así que el neoliberalismo gobierna a través de las crisis: “La crisis se ha convertido en un verdadero modo de gobierno [5] . Aunque tenga que tomar medidas contrarias a la mayoría de la población, la prioridad es salvar al capital y relanzar la economía.
2. La deriva neoliberal de Lenin Moreno
Fue con el argumento de afrontar la crisis económica que el presidente Lenin Moreno dejó de lado el programa con el cual ganó las elecciones presidenciales de 2017 para apropiarse las críticas y las soluciones de sus opositores durante estas elecciones. Si repite desde dos años que heredó de una crisis económica fuerte (“La mesa no estaba servida”), de un sobreendeudamiento público y de un Estado obeso que vivía por encima de las capacidades financieras del país, parece más bien que esta crisis ha sido inducida para facilitar la aceptación de las medidas de shock que está implementando para resolverla: austeridad presupuestaria, privatizaciones, disminución de los subsidios, eliminación de ciertos impuestos para las empresas, etc.
En los tres últimos años en el poder, el gobierno de Rafael Correa tuvo que afrontar una crisis económica que venía de cuatro componentes: la dependencia de la economía ecuatoriana a la volatilidad de los precios internacionales de las materias primas (entre 2014 y 2016 el precio del petróleo pasó de cerca de 120 dólares a 20 dólares en sus niveles más bajos); la presencia de un dólar fuerte, lo que tiene consecuencia para sus exportaciones; la devaluación de las monedas de los países vecinos, Perú y Colombia, lo que disminuye la competitividad de sus productos; y las consecuencias económicas del terremoto de abril de 2016 evaluadas en alrededor del 3% del PIB. Además del pago de más de 1000 millones de dólares a la petrolera OXY por un arbitraje internacional a inicios de 2016.
Este periodo de crisis ha profundizado la polarización política y la frontera correismo/anti-correismo. Las manifestaciones de junio de 2015 , las más importantes que tuvo que afrontar la Revolución Ciudadana, mostraron el descontento de una parte de las clases medias, producto, en gran parte, de las políticas públicas de la Revolución Ciudadana pero muy sensibles a los discursos consumistas. Fue por eso que se movilizaron cuando se tomó la decisión de implementar salvaguardias (aranceles) para desincentivar ciertas importaciones y la consecuente salida de divisas. Durante los diez años de la Revolución Ciudadana, a pesar de la existencia de un cierto discurso hegemónico en cuanto a la apropiación de los derechos sociales, no hubo cambios profundos en lo que Gramsci llama el sentido común [6] a partir del cual se construye formas específicas de subjetividad: no se ha desarrollado una contra-hegemonía cultural al neoliberalismo [7] . Además no ha sido posible tampoco luchar contra un discurso anti-impuestos muy vinculado con un discurso anti-Estado, herencia de los años neoliberales pre-Revolución Ciudadana.
Así la base cultural del neoliberalismo seguía presente cuando llegó Moreno al poder. El rol de los medios de comunicación es fundamental para alimentar este sentido común neoliberal. Los medios privados han actuado como actores políticos y han sido uno de los principales opositores de la Revolución Ciudadana. No es una casualidad que ahora se han convertido en una caja de resonancia del gobierno de Moreno, medios privados y públicos apoyando al unísono el cambio de rumbo de la política gubernamental. Ellos son parte del bloque de poder actual sobre el cual se apoya el gobierno de Lenin Moreno y que está conformado por cuatro otros sectores cuyo denominador común es el anti-correismo. Es necesario precisar el rol de los diferentes actores y sus alianzas porque el neoliberalismo debe analizarse también como un conjunto de relaciones de poder que someten la sociedad a la lógica de acumulación del capital.
El primer sector del bloque de poder lo constituyen las cámaras de la producción (comercio, industria) que habían perdido el poder de decidir sobre la política económica durante la década anterior. Su mayor representante dentro del gobierno es el ministro de Economía y finanzas Richard Martínez que hizo toda su carrera profesional dentro de las cámaras empezando como técnico para llegar a ser, desde 2015, Presidente de la Federación Nacional de Cámaras de Industrias del Ecuador, Presidente del Comité Empresarial Ecuatoriano y Presidente Ejecutivo de la Cámara de Industrias y Producción. El segundo sector es la derecha encabezada por el Partido Social Cristiano cuyo líder es el actual Alcalde (saliente) de Guayaquil, Jaime Nebot el cual se proyecta como uno de los principales presidenciables para las elecciones de 2021. El PSC es el principal aliado del oficialismo en la Asamblea nacional y participa en la repartición de las diferentes instituciones públicas por parte del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS) de transición. En este CPCCS transitorio cuyas conformación y misiones vienen de la Consulta Popular de febrero de 2018 , confluye otro sector que participa del bloque de poder: las organizaciones políticas, sociales y sindicales de izquierda que se oponían al gobierno de Correa. Ahí están presentes algunos socialistas liderados por el ex rector de la Universidad Andina Enrique Ayala Mora o el movimiento indígena alrededor de la CONAIE, cuyas demandas particulares han sido satisfechas, como el retorno de la autonomía de la educación intercultural bilingüe o la reapertura de la Universidad Intercultural Amawtay Wasi . La CONAIE participa también en la repartición de las instituciones estatales, ya que la nueva presidenta del Consejo Nacional Electoral es dirigente de esta organización. Finalmente, el último sector está representado por la alta sociedad civil simbolizada por el ongismo y el poder importante de representantes del pequeño movimiento político Ruptura de los 25 (como el Secretario particular de la Presidencia Juan Fernando Roldan y la Ministra del Interior y también Secretaria de la Política María Paula Romo).
Paradójicamente este bloque de poder es muy cercano a la alianza electoral que se forjó durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 en apoyo a Guillermo Lasso para confrontar a Lenin Moreno, en ese entonces candidato de la Revolución Ciudadana. Con la gran diferencia que Lasso se queda como opositor al gobierno actual, dejando el espacio a Nebot. Se trata del remplazo de la estructuración política tradicional alrededor del eje izquierda/derecha por un “neoliberalismo progresista” en el cual algunos nuevos movimientos sociales se alían con los poderes económicos y financieros, en este caso para poner fin al correismo (durante las elecciones) y con el objetivo de “descorreizar” las instituciones públicas a través, por ejemplo, del CPCCS de transición.
Este bloque de poder legitima las reformas económicas neoliberales implementadas por los sectores empresariales que están representados directamente en el gobierno, generando así conflictos de intereses en su sector. Laval y Dardot hablan de la “esencia oligárquica de la “gobernanza neoliberal” […] un modo hibrido de ejercicio del poder que se sostiene a la vez en el gobierno de unos pocos o de la elite, en el sentido de una expertocracia, y en un gobierno para los ricos, en el sentido de su finalidad social.” [8] Además del ministro Martínez, los casos más emblemáticos son los ministros de Energía y Recursos Naturales No Renovables, Carlos Pérez quien está vinculado al sector petrolero internacional como Halliburton; de Agricultura y Ganadería,  Xavier Lazo quien viene del sector bananero; del Ambiente, Marcelo Mata, abogado especializado en licencias ambientales para Petroecuador; de Transporte y Obras Públicas, Aurelio Hidalgo, quien fue director de varias concesionarias fluviales y viales en Ecuador y en otros países y cuya familia tiene una de las principales empresas de construcción a nivel nacional ( Hidalgo   &  Hidalgo S.A. ); de Telecomunicaciones y Sociedad de la Información, Guillermo León Santacruz, un empresario del sector de informática y telecomunicación; de Producción, Comercio Exterior , Inversiones y Pesca, Pablo Campana, quien tiene una larga trayectoria en el sector empresarial, principalmente en uno de los grupos económicos más grande del país, el grupo Nobis de su suegra Isabel Noboa.
Este último influyó en la Ley de Fomento Productivo para eliminar el impuesto a la salida de divisas (fundamental en una economía sin moneda propia) para las nuevas inversiones, y ha estado atrás de los procesos para la firma de tratados de libre comercio con EEUU y Canadá, así como de retomar la firma de tratados bilaterales de inversión (TBI). El objetivo de los grandes grupos económicos es la eliminación de este impuesto bajo el discurso de incentivar la inversión extranjera. En la lógica neoliberal, n o se puede controlar el capital, ni poner impuestos al capital. Más bien hay que protegerlo y atraerlo con subsidios y otras exoneraciones. Es esta lógica que constituye el espíritu de la Ley de Fomento Productivo , además de poner obstáculos para que el Estado tenga un rol activo en la economía.
Las reformas económicas están acompañadas por una política de austeridad que busca la eliminación de ministerios y secretarias de Estado así como la disminución del número de servidores públicos bajo el argumento de eficiencia y de acabar con la “obesidad” del Estado, sin precisar cuál sería su tamaño ideal. Es con el mismo argumento que se quiere concesionar la administración de ciertas empresas públicas (un tipo de privatización), principalmente las vinculadas con el sector de telecomunicación y de hidroelectricidad que son las más rentables. El mercado sería más eficiente para la administración de estas empresas y el lenguaje empresarial domina los discursos gubernamentales. Esta reforma del Estado está cobijada en e l discurso de la lucha contra la corrupción, la cual se aplica solo a los servidores públicos, y no a los actores privados, para desgastar lo público y legitimar el debilitamiento del Estado.
Otra política de austeridad que se está implementando es la de bajar los sueldos en la función pública, lo que tendrá consecuencia también sobre el nivel de los sueldos en el sector privado. Si se añade a esta acción la desvinculación laboral de decenas de miles de funcionarios, estos estarán listos a cobrar un sueldo menor para encontrar un nuevo trabajo. La política de bajos sueldos está reclamada por los sectores empresariales bajo el argumento de bajar los costos de producción de las mercancías ecuatorianas y así poder competir en los mercados internacionales, ya que Ecuador tiene uno de los sueldos básicos más altos de América Latina. El próximo objetivo anunciado por el gobierno es la flexibilización del mercado laboral con cambios en el Código laboral.
Todas estas reformas neoliberales se han efectuado para preparar la llegada de la ayuda financiera del FMI. A principio de marzo, en medio de la campaña para las elecciones locales, en las cuales, oficialmente, el gobierno no participó, se firmó el Acuerdo con el FMI. Al momento de escribir este artículo, todavía no se conoce los alcances de este acuerdo que, con el apoyo de otros organismos internacionales, llegaría a prestar al Ecuador unos 10 000 millones de dólares. Se dio a conocer unas reformas legislativas en las cuales se afirma la prevalencia del mercado y de la libre competencia en contra del modelo anterior centrado en la acción del Estado como motor de la economía. El programa político está orientado en el cuidado de los grandes equilibrios macroeconómicos como el fin del déficit comercial, la reducción de la deuda del Estado y del déficit público. Otros señales tienen que ver con la disminución de los subsidios a la gasolina súper y extra, las próximas concesiones de la gestión de los bienes públicos al sector privado, la voluntad de flexibilizar el mercado laboral, etc.
A pesar de decir constantemente lo contrario, en ningún país del mundo se ha podido combinar neoliberalismo y protección social. Hay que temer consecuencias negativas para la sociedad ecuatoriana, entre éstas el aumento de la desigualdad social y de la pobreza. La pregunta que queda por hacer: ¿cuál será la capacidad de resistencia social frente al deterioro social que ocurrirá con estas medidas? El ambiente de polarización política correismo/anti-correismo no ayuda en este panorama porque divide las fuerzas populares y favorece al bloque de poder. La etapa que se abrirá luego de las elecciones locales que tuvieron lugar el 24 de marzo nos dará primeras respuestas.




El autor es Candidato al doctorado en ciencia política de la Universidad de Paris 7.
[2] Los cuatro principales think tank neoliberales en los años 1970 eran la Sociedad Mont Pelerin, el Institute of Economics Affairs, el Centre For Policy Studies y el Adam Smith Institute. Además de ser co-fundadores del primero, Hayek y Friedman tuvieron roles muy importantes en todos estos organismos. Ver Dixon Keith, 1998, Les évangélistes du marché, Paris, Raisons d’Agir Editions.
[3] Christoph, Gilles, 2010, “Le néolibéralisme: un essai de définition”, en Espiet-Kilty, Raphaële (dir.), Libéralisme(s) ?, Clermont-Ferrand, Presses Universitaires Blaise Pascal, p. 82.
[4] Dardot, Pierre, Laval, Christian, 2009, La Nouvelle Raison du monde. Essai sur la société néolibérale, Paris, La Découverte.
[5] Dardot, Pierre, Laval, Christian, 2016, Ce cauchemar qui n’en finit pas. Comment le néolibéralisme défait la démocratie, Paris, La Découverte, p. 32.
[6] Gramsci, Antonio, 2015, Cartas desde la cárcel, Buenos Aires, Editorial Losada.
[7] La inclusión del concepto del Buen Vivir en la Constitución hubiera podido disputar la hegemonía del sentido común neoliberal.
[8] Dardot, Pierre, Laval, Christian, 2016, Ce cauchemar qui n’en finit pas. Comment le néolibéralisme défait la démocratie, Paris, La Découverte, p. 24.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.