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¡Warak'azo! es una revista de noticias, artículos periodísticos y literarios que tiene como objetivos, difundir temas de Bolivia, Latinoamérica y del mundo. Al mismo tiempo, dar a conocer las actividades de las organizaciones indígenas.

lunes, septiembre 22, 2008

La prepotencia del cacique

Campesinos de Filadefia - Pando
Por Antonio Peredo Leigue

De Tarija Libre

Copio argumentos: “El gobierno está politizando el tema”, “como ya he dicho antes, este caso está plagado de vicios”, “lo que estamos viendo es una trasgresión de las normas”, lo ha “enviado a San Pedro por un supuesto delito”, “que se respete el estado de derecho, que no se trasgreda la ley”, “hay una evidente persecución política”, “el gobierno quiere hacer prevalecer un estado de sitio ilegal”.

Todas estas frases fueron dichas en apoyo de quien es señalado como el responsable de una masacre. Demuestran que ni uno solo de ellos, ha entendido que, aquello que llaman estado de derecho, es y ha sido siempre un conjunto de reglas que da impunidad a los actos de un grupo privilegiado. Es el caciquismo elevado a la categoría de Estado, algunas veces nacional y generalmente local.

Los brutales hechos

Durante tres semanas, Bolivia vivió el negro panorama de la violencia desatada por una minoría que, derrotada en la consulta popular, recurrió al vandalismo para sembrar el pánico y la zozobra. Lo lograron al punto de paralizar la acción de los sectores populares.

Por orden de los comités cívicos y prefectos opositores, en varias ciudades fueron allanadas las oficinas del gobierno central, destruido archivos, robado máquinas y muebles, golpeado y humillado a humildes trabajadores y, en fin, desbordado toda la ira de su derrota.

Las organizaciones sociales, que le habían dicho SI al programa de cambios, que habían confiado en que la oposición entendiese el sólido argumento del voto, comenzaron a reaccionar con el único instrumento que tienen: su movilización, su presencia masiva, que es como se expresa su unidad de conciencia. Marcharon hacia Cobija, la capital del departamento Pando, donde el prefecto y los comiteístas se habían apoderado del aeropuerto y de las oficinas públicas, del mismo modo que en otras ciudades.

Bastó que se conociera esa marcha, para que el prefecto y el comité cívico ordenaran impedir que llegaran. La orden fue drástica: a como de lugar. Se apoderaron de maquinaria pesada y cavaron profundas zanjas que, por supuesto, impedían el paso de vehículos. Los campesinos bajaron de los vehículos y comenzaron a caminar. Los matones de siempre, aquellos que hace ya dos años denunció la entonces Ministra de Gobierno, salieron a cumplir su misión. Alguien hizo un primer disparo y los sicarios, que sólo esperaban esa señal, sacaron sus armas. Las ráfagas eran incesantes. Los marchistas huyeron, se lanzaron al río, se escondieron en la selva. Nada detuvo a los criminales. Disparaban sobre hombres, mujeres, niños, ancianos, toda persona que se moviera delante de ellos. Habían destruido la marcha, pero ellos siguieron disparando. Ya no importaba detenerlos; había que eliminarlos físicamente.

El silencio de los vocingleros


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